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	<title>La biblioteca dispersa</title>
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	<description>Retazos de historias deshilachadas</description>
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		<title>El despertar de un escriba</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Jun 2008 15:07:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Bibliotecario</dc:creator>
				<category><![CDATA[sabiduría]]></category>
		<category><![CDATA[bliblioteca]]></category>
		<category><![CDATA[Despertares]]></category>
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		<description><![CDATA[[...] me retiro. Digo adiós a esa mezcla de sentimientos. Dolor. Placer. Miedo. Euforia. Palabras huecas de significado ante la otra sensación: el todo, la unión con la fuente. El sentido de la vida. Mis regresos, al contrario que cuentan otros compañeros, carecen de placer. Al contrario, añoro la energía salvaje recorriendo mi alma, ensartando [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>[...] me retiro. Digo adiós a esa mezcla de sentimientos. Dolor. Placer. Miedo. Euforia. Palabras huecas de significado ante la otra sensación: <em>el todo</em>, la unión con la fuente.</p>
<p>El sentido de la vida.</p>
<p>Mis regresos, al contrario que cuentan otros compañeros, carecen de placer. Al contrario, añoro la energía salvaje recorriendo mi alma, ensartando mi cuerpo con su fuego; hecho de menos esas opresivas presencias, siete monstruos que me aplastan con sus ciclópeas dimensiones; la luz hiriente que desprenden, capaz de despedazar espíritus más débiles que el de un escriba, me aporta un suplicio refrescante. Escuchar me apasiona.</p>
<p>Pero siempre llega el momento en el que todo acaba: el torrente de revelación se seca, la canción de sabiduría concluye. Únicamente queda un silencio placentero y excitante, cargado de dolor y pavor. Las columnas me abandonan a mi patética mortalidad.</p>
<p>Desciendo hacia mi cuerpo con lentitud. A lo largo del viaje saboreo los últimos restos del vínculo con desesperación, con angustia. Por fortuna en ese descenso el dolor, el adorable dolor, se mantiene: en mi piel, en mis entrañas, en mi alma. Sonrío, y con la presión del gesto las úlceras de mis mejillas escupen sangre y pus. Dolor, placer. Sabiduría.</p>
<p>Las siete columnas se diluyen en mi mente. Murmuro un apenado ‘hasta pronto&#8217;. El vínculo se debilita con lentitud, hasta que al fin se rompe.</p>
<p>Abro un instante los ojos y me encuentro de nuevo en la biblioteca; la claridad me ciega, obligándome a cerrarlos. Las agujas de los párpados se clavan en mis pupilas; vierto lágrimas oscuras, cálidas. Sonrío. Sangre y pus. Y más dolor. Intenta desvolverme a las columnas; mi alma parece despegar hacia ellas impulsada por el martirio.</p>
<p>Pero no. Estoy agotado, necesito descansar.</p>
<p>Debo concluir mi trabajo.</p>
<p>Noto la presencia cercana de mi ayudante. Aún no se atreve siquiera a tocarme. El pobre, aún le falta curtirse.</p>
<p>No es mi problema. Me debo a mi obra, regresar del viaje y dar fe de todo lo descubierto. La sagrada labor del escriba: despertar del trance y brindar a todos sus hermanos el conocimiento recién obtenido.</p>
<p>-¿Maestro?</p>
<p>Tarahk ha notado que ya estoy aquí. El acólito, novato y nervioso pero siempre solícito a cualquier necesidad mía, todavía no se atreve a tocarme. Sabe que estoy en un momento muy delicado, y aguarda a que le dé permiso.</p>
<p>-Sí, querido: ya puedes empezar.</p>
<p>-Gracias, maestro.</p>
<p>Mantengo los ojos cerrados, atento a cualquier sonido, degustando lo que sé que va a venir. Escucho el leve deslizar del metal sobre el cuero, después el de la piedra contra el filo. Luego, por un instante, nada. Paladeo ese silencio expectante, anticipándome a lo que viene. No es tan placentero como la unión con las columnas, pero lo sustituye bastante bien.</p>
<p><span id="more-7"></span>Entonces empieza. Tarakh asciende con agilidad por mi cuerpo: se aferra a las argollas y las cadenas, apoya sus pies en las gruesas agujas, y donde no puede encontrar apoyo directamente clava las púas de sus zapatos. Cada uno de sus movimientos desencadena otros. Las cadenas tiran de los garfios, que reabren las heridas; la carne gime, las terminaciones nerviosas relampaguean. La danza de la sangre y el dolor. Y del placer. Todo mi ser se retuerce. Ante mis convulsiones Tarakh se ve obligado a aferrarse a lo que puede: cadenas, garfios, agujas, carne. Más dolor, más placer, más convulsiones. Adoro este círculo vicioso y la adorable, cruel torpeza de mi acólito.</p>
<p>Por fin llega a mi cabeza. Mantengo los ojos cerrados, pero sé que ha desenfundado el bisturí. Un parpadeo de tensión, de espera, y el filo hiende la piel justo bajo mi garganta. La sangre fluye, mezclándose con el sudor. El dolor me hace proferir una carcajada. Sí, duele. Creo regresar a las columnas, y al sabroso placer que me aportan. Placer y sabiduría, ahora escrita a fuego en mi piel.</p>
<p>Tarakh corta, arranca el tejido cutáneo revelando la masa adiposa inferior. Me convierto en una trémula montaña de sangre. Siento el contraste [...]</p>
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		<title>Cuando el agua y el aceite se mezclan</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Apr 2008 09:03:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Bibliotecario</dc:creator>
				<category><![CDATA[Conflictos]]></category>
		<category><![CDATA[dioses]]></category>
		<category><![CDATA[guerra]]></category>
		<category><![CDATA[hombres]]></category>

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		<description><![CDATA[-Al final ha ocurrido, señor. Empiezan a coordinarse. -Despliega el holo, por favor. Tras apartarse de la mesa, y con un gesto por completo teatral, Lobo activó el sistema holográfico. La luz se atenuó con lentitud hasta dejar la sala sumergida en tinieblas. Sobre la mesa apareció un punto de luz. Un parpadeo más adelante [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>-Al final ha ocurrido, señor. Empiezan a coordinarse.</p>
<p>-Despliega el holo, por favor.</p>
<p>Tras apartarse de la mesa, y con un gesto por completo teatral, Lobo activó el sistema holográfico. La luz se atenuó con lentitud hasta dejar la sala sumergida en tinieblas. Sobre la mesa apareció un punto de luz. Un parpadeo más adelante el punto se había convertido en un globo blanco y azulado, una representación a escala del planeta. A cierta distancia flotaba otra esfera, más pequeña y de superficie grisácea marcada de cicatrices y granos. Elric hizo girar su silla buscando una postura cómoda. Frente a él, en la cara oculta de le Luna, el espectro había dibujado dos manchas de color, una blanca y otra de un rojo brillante. Algo en ellas les daba un aspecto orgánico, hasta el punto de recordar amebas: enormes criaturas de movimientos adormecidos, extendiendo sus seudópodos más allá del lado oscuro del satélite. Un brazo de la ameba blanca acariciaba otro de la de color bermellón.</p>
<p>Apoyándose sobre la mesa, Elric estudió la imagen.</p>
<p>-Lo veo&#8230; ¿Realmente ha habido un encuentro físico, o sólo un acercamiento?</p>
<p>-Un contacto, señor. La red de satélites -el espectro hizo aparecer un enjambre de puntos orbitando la pareja de la Tierra y la Luna- nos confirmó hace tres minutos el encuentro de vórtices de sendos bandos. Las imágenes están en TR, con un retardo de apenas un segundo -la región de unión se amplió para mostrar más detalle. En efecto, se estaban tocando: parecía como si las amebas fueran líquidas y empezaran a fusionarse, una imposible mezcla de agua y aceite-. El encuentro se ha realizado de improviso. Esas dos concentraciones no existían diez minutos atrás. Se han materializado a propósito allí, en el área más inaccesible para nuestras tropas.</p>
<p>-Actúan con cautela, en terreno seguro. Nos tienen miedo -no se trataba de una pregunta.</p>
<p>Elric se levantó de su asiento y caminó en torno a la mesa, su atención centrada en la cada vez más compacta masa blanco-rojiza. Durante años había esperado y temido aquella situación. Sabía que llegaría en un momento dado, pero la certeza no la volvía más agradable. Había deseado que aquella alianza no se firmara hasta que hubieran transcurrido unos cuantos meses, pero los hechos allí estaban, irrefutables: aquella zona en la que el rojo y el blanco se mezclaban significaba que la guerra avanzaba a un nuevo estadio.</p>
<p>-Muestra el despliegue, por favor.</p>
<p>La pareja Tierra-Luna regresó, esta vez literalmente salpicada de colores. No había región, continente o isla sin puntos rotulados, y en torno a cada punto un área de influencia. Los frentes parpadeaban: eran escasos, y la evolución de la guerra predecía que se redujeran aún más.</p>
<p>Hasta ahora, pensó Elric, hasta ahora.<span id="more-5"></span></p>
<p>-¿Qué opinas, Lobo?</p>
<p>El espectro dirigió sus ojos amarillo y carmesí hacia su señor.</p>
<p>-Mi opinión no importa&#8230; y mucho menos a estas alturas de la contienda.</p>
<p>-¿Noto cierta acritud en tus palabras? -Una sonrisa empezaba a dibujarse en el rostro de Elric.</p>
<p>-No, ninguna. Sólo que sé cuál es mi posición, mis atributos y mis capacidades. Y soy conciente de que entre ellas no está el tomar decisiones.</p>
<p>Elric dio un golpe sobre la mesa:</p>
<p>-En efecto. Nadie mejor que yo conoce tus limitaciones: por algo yo te creé. Ahora quiero que me confirmes mi buen hacer: debes serme útil. Se avecinan tiempos muy duros; ha llegado la hora de que entres en juego con todas tus facultades. Y vas a empezar dándome la razón.</p>
<p>Esta vez le toco sonreír a Lobo.</p>
<p>-Curiosa manera de ayudar&#8230;</p>
<p>-No lo sabes tú bien. Pues sí, tu examen consiste en llevarme la razón, adivinando mis intenciones. Pensando como yo, o mejor. Dime: ¿qué paso debo dar?</p>
<p>El espectro no dudó:</p>
<p>-Convócala. Ahora.</p>
<p>Las palabras resonaron en la sala vacía.</p>
<p>-No me defraudas: de verdad piensas como yo. La llamaré. Empieza a rezar a tu querido Arioch.</p>
<p>Elric y Lobo estallaron en carcajadas ante la broma privada.</p>
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		<title>Sobreviviendo entre las ruinas</title>
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		<pubDate>Tue, 18 Mar 2008 16:31:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Bibliotecario</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ruinas]]></category>
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		<category><![CDATA[huracán]]></category>
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		<description><![CDATA[[...]del estornudo la acabó de despertar. Algo frío y húmedo rozaba su mejilla, algo que resoplaba pequeños bufidos impregnados de impaciencia. Sin ganas de atender esa llamada se revolvió en la cama, encarando la pared.Tap, tap. Dos pequeñas mazas almohadilladas golpearon su espalda, dos patitas que empezaron a zarandearla. Sabía lo que vendría a continuación. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p> [...]del estornudo la acabó de despertar. Algo frío y húmedo rozaba su mejilla, algo que resoplaba pequeños bufidos impregnados de impaciencia. Sin ganas de atender esa llamada se revolvió en la cama, encarando la pared.<em>Tap, tap</em>. Dos pequeñas mazas almohadilladas golpearon su espalda, dos patitas que empezaron a zarandearla. Sabía lo que vendría a continuación. En efecto, un instante después ya notaba cómo trataban de quitarla el embozo: unos dientes tiraban del edredón; por su parte ella lo agarraba luchando por mantenerlo sobre su cuerpo. Todos los fines de semana la misma historia.</p>
<p>—Aun no&#8230; —murmuró adormilada. El ladrido agudo y corto que obtuvo por respuesta no aceptaba negativas—. Por favor, Daltonicio: es domingo. Déjame un poco más.</p>
<p>El pequeño perro, mezcla de pequinés con terrier (pendenciero y tozudo), no transigió y arremetió de nuevo contra las sábanas, tirando hacia abajo. Piki, sin ganas de pelear, cedió y soltó el edredón. En un santiamén estaba destapada, solo con su delgado pijama como protección ante el frío que reinaba en el cuarto.</p>
<p>—¡Eh! ¿Quién ha dejado abierta la ventana? ¡Me estoy congelando!</p>
<p>Tiritando trató de arroparse de nuevo, pero el perro ya estaba corriendo por el cuarto con el edredón agarrado a la boca. El animal, sintiendo el tacto liso y suave de la tela bajo sus patas, saltaba lleno de alegría; retorcía el edredón sin parar, tirándose al suelo y enrollándose hasta el punto de parecer envuelto en un saco de dormir. Presa de la excitación, de vez en cuando soltaba un ladrido corto y agudo; al hacerlo se le escapaba de la boca la tela, pero de seguido se abalanzaba sobre ella con nuevas energías.</p>
<p>Como ya no tenía nada con lo que cubrirse Piki optó por levantarse. Con ojos legañosos, mirada perdida y movimientos rígidos salió de la litera.</p>
<p><em>La ventana</em>, se recordó, <em>debo cerrar esa maldita ventana. Como agarre a la idiota que la ha dejado abierta se va a enterar, la muy&#8230;</em></p>
<p>Palpó el poste buscando su bata pero, para variar, allí no estaba. Con irritación creciente se calzó las zapatillas (éstas sí estaban en su sitio) y caminó hacia la ventana. Aquellos escasos dos metros parecían un campo de batalla: almohadas en el suelo, calcetines abandonados, alguna camiseta, varios juguetes de los perros, una pila caída de revistas&#8230; Pensó que no habría mucha diferencia entre ella y la superviviente de un huracán, andando desorientada entre las ruinas que éste había dejado a su paso.</p>
<p>—¡Hola, guapa! —saludó alguien al otro lado del patio.<span id="more-4"></span></p>
<p><em>Mierda</em>, pensó Piki<em>, ya está aquí el pesado de Miguel</em>.</p>
<p>—Tú sí que eres un paisaje, y lo demás cuento.</p>
<p>Al otro lado del patio, a escasos tres metros, se asomaba Miguel a la ventana de su cuarto. Poco mayor que ella, poseedor de un carácter chulesco que mal disimulaba su condición de machista, bocazas y salido, ni Piki ni sus hermanas le soportaban. Como ejemplo se podían tomar sus ‘alardes&#8217; sexuales: cuando sus padres escapaban de fin de semana fuera de casa (algo que eso bastante sucedía a menudo) solía llevarse sus ligues a su cuarto. Una vez allí dejaba la ventana entreabierta de tal manera que sus gemidos pudieran oírse por todo el patio. A la mañana siguiente solía esperarla para saludarla con una mirada que decía ‘si te agarro te ibas a dar yo algo <em>bueno</em>&#8216;. La noche anterior no habían tenido que <em>disfrutar</em> ese espectáculo sonoro, pero aun así poseía esa misma mirada: intensa, hambrienta hasta el punto de casi parecer amenazadora.</p>
<p>De repente Piki se dio cuenta de que sólo vestía la parte superior del pijama, que apenas la cubría las nalgas; para colmo de vergüenza se percató de que con el frío sus ya grandes pechos ahora estaban adornados por los pezones erizados, silueteándose desafiantes en el tejido. Ahí estaba el origen de la lujuriosa alegría de Miguel.</p>
<p>—¡Joder, eres un cerdo!</p>
<p>—¡Oink, oink! -respondió él, sonriente.</p>
<p>Piki se abalanzó sobre la persiana, haciéndola bajar con brusquedad. La risa[...]</p>
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		<title>En la casa abandonada</title>
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		<pubDate>Thu, 17 Jan 2008 13:52:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Bibliotecario</dc:creator>
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		<category><![CDATA[biblioteca]]></category>
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		<description><![CDATA[[...] de luz trémula entraban en la sala a través de los largueros creando un entorno fantasmagórico. Los lienzos y sábanas que cubrían los muebles aumentaban esa impresión. Por un instante me creí rodeado de espectros petrificados, pero pronto comprendí: los gusanos aplanados e hinchados, uno de ellos con una joroba enorme, eran varios divanes [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>[...] de luz trémula entraban en la sala a través de los largueros creando un entorno fantasmagórico. Los lienzos y sábanas que cubrían los muebles aumentaban esa impresión. Por un instante me creí rodeado de espectros petrificados, pero pronto comprendí: los gusanos aplanados e hinchados, uno de ellos con una joroba enorme, eran varios divanes y un sofá; el gigante que me observaba impertérrito desde una esquina en sombras se trataba de un perchero; los enanos barrigudos, sillas; y el guardián que custodiaba la otra puerta del salón, descomunal y aterrador, el armario aparador.El ambiente dentro de la habitación poseía una cualidad densa, pastosa, sensación aumentada por las nubes de polvo que levantaban mis pasos. El piar de unos pajarillos, procedente del exterior y amortiguado por la ventana entablonada, era el único sonido en el cuarto. Me adentré en la sala esquivando los lienzos saturados de polvo y tiempo, caminando hacia la puerta junto al aparador.</p>
<p>De repente ocurrió algo muy extraño: la luz se invirtió adquiriendo un cariz negro, quizá ultravioleta. Durante un instante quedé deslumbrado ante el resplandor que surgía de las sábanas abandonadas. Al destello siguió algo no tan extraño pero mucho más aterrador: un sonido de desgarro atronador cuyo origen estaba en la puerta hacia la que me dirigía. Al cabo de unos segundos la bestia calló y el silencio regresó al cuarto. Observé la puerta cerrada. Tra ella estaría el origen del sonido y quizá, aunque me parecía, del resplandor. Sólo saldría de las dudas abriéndola.</p>
<p>Avancé y tendí la mano hacia el pomo de la puerta. El pulso me temblaba, notaba cómo el sudor se me acumulaba en la espalda. ¿Por qué estaba aquí? Me repetí una vez más la razón de adentrarme en este edificio, abandonado desde hacía décadas; insistí en la necesidad que sentía de hacerlo y&#8230; abrí la puerta.<span id="more-3"></span></p>
<p>El caos que me encontré me dejó desconcertado, incapaz de comprender qué tenía ante mis ojos: extraño un suelo blanquecino y de aspecto poroso, blando, salpicado por pequeños montículos, se extendía por toda la habitación. Las cuatro paredes, a excepción de los ventanales, amplios pero entablonados como todos los del edificio, estaban cubiertas por estanterías desiertas. Traté de dar unos pasos más sobre ese suelo, pero resbalé y di con mis huesos en él, rodeado de una lluvia blanca y extraña: hojas. Páginas, el suelo estaba repleto de páginas de libros, arrancadas de sus lomos. Miles, se podría decir que millones. Si todas las estanterías, ahora vacías, en su día estuvieron repletas de libros, esta biblioteca bien podría haber contenido varias decenas de miles de ejemplares. Y ahora estaban todos ellos destripados, dispersos por el suelo. Como amante de la lectura no pude evitar sentir cierta desazón al contemplar aquella destrucción.</p>
<p>Recordé el extraño sonido de desgarro -impresionante, casi se podría decir que absoluto- que escuché justo antes de entrar en la biblioteca. ¿Acaso esta muestra de barbarie se había cometido en ese instante? Imposible. Pero tampoco tenía explicación un resplandor negro como el que precedió al sonido, capaz de atravesar paredes sin proyectar sombras.</p>
<p>¿Qué estaba pasando aquí? Había acudido a la casa con un objetivo trivial y ahora me encontraba con algo que podría etiquetarse de paranormal.</p>
<p>Las hojas, las páginas, los libros. Casi podía sentir su dolor, con todas sus historias desparramadas. Las había de todos los tamaños: desde enormes facsímiles, antiguos y de delicado aspecto, hasta recientes ediciones en formato de libro bolsillo, de desastroso papel; ediciones lujosas, de un acabado tal que casi deba respeto tocarlas, y fanediciones burdas hasta el extremo del esperpento. Todo cabía ahí.</p>
<p>Un sonido lejano, grave y profundo: un trueno. Parecía que una tormenta se acercaba. Observé el cielo desde una de las ventanas: un frente oscuro como la misma noche ya estaba sobre la ciudad. En breve las tinieblas del interior de la casa se volverían boca de lobo.</p>
<p>Pero las páginas&#8230;</p>
<p>Tomé una, justo junto a mis pies, y lleno de curiosidad empecé a leer [...]</p>
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		<title>Empezamos</title>
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		<pubDate>Wed, 16 Jan 2008 11:11:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Bibliotecario</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[¡Empieza la biblioteca dispersa! ¡Leela ya!]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>¡Empieza la biblioteca dispersa! ¡Leela ya!</p>
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