El despertar de un escriba

[...] me retiro. Digo adiós a esa mezcla de sentimientos. Dolor. Placer. Miedo. Euforia. Palabras huecas de significado ante la otra sensación: el todo, la unión con la fuente.

El sentido de la vida.

Mis regresos, al contrario que cuentan otros compañeros, carecen de placer. Al contrario, añoro la energía salvaje recorriendo mi alma, ensartando mi cuerpo con su fuego; hecho de menos esas opresivas presencias, siete monstruos que me aplastan con sus ciclópeas dimensiones; la luz hiriente que desprenden, capaz de despedazar espíritus más débiles que el de un escriba, me aporta un suplicio refrescante. Escuchar me apasiona.

Pero siempre llega el momento en el que todo acaba: el torrente de revelación se seca, la canción de sabiduría concluye. Únicamente queda un silencio placentero y excitante, cargado de dolor y pavor. Las columnas me abandonan a mi patética mortalidad.

Desciendo hacia mi cuerpo con lentitud. A lo largo del viaje saboreo los últimos restos del vínculo con desesperación, con angustia. Por fortuna en ese descenso el dolor, el adorable dolor, se mantiene: en mi piel, en mis entrañas, en mi alma. Sonrío, y con la presión del gesto las úlceras de mis mejillas escupen sangre y pus. Dolor, placer. Sabiduría.

Las siete columnas se diluyen en mi mente. Murmuro un apenado ‘hasta pronto’. El vínculo se debilita con lentitud, hasta que al fin se rompe.

Abro un instante los ojos y me encuentro de nuevo en la biblioteca; la claridad me ciega, obligándome a cerrarlos. Las agujas de los párpados se clavan en mis pupilas; vierto lágrimas oscuras, cálidas. Sonrío. Sangre y pus. Y más dolor. Intenta desvolverme a las columnas; mi alma parece despegar hacia ellas impulsada por el martirio.

Pero no. Estoy agotado, necesito descansar.

Debo concluir mi trabajo.

Noto la presencia cercana de mi ayudante. Aún no se atreve siquiera a tocarme. El pobre, aún le falta curtirse.

No es mi problema. Me debo a mi obra, regresar del viaje y dar fe de todo lo descubierto. La sagrada labor del escriba: despertar del trance y brindar a todos sus hermanos el conocimiento recién obtenido.

-¿Maestro?

Tarahk ha notado que ya estoy aquí. El acólito, novato y nervioso pero siempre solícito a cualquier necesidad mía, todavía no se atreve a tocarme. Sabe que estoy en un momento muy delicado, y aguarda a que le dé permiso.

-Sí, querido: ya puedes empezar.

-Gracias, maestro.

Mantengo los ojos cerrados, atento a cualquier sonido, degustando lo que sé que va a venir. Escucho el leve deslizar del metal sobre el cuero, después el de la piedra contra el filo. Luego, por un instante, nada. Paladeo ese silencio expectante, anticipándome a lo que viene. No es tan placentero como la unión con las columnas, pero lo sustituye bastante bien.

Entonces empieza. Tarakh asciende con agilidad por mi cuerpo: se aferra a las argollas y las cadenas, apoya sus pies en las gruesas agujas, y donde no puede encontrar apoyo directamente clava las púas de sus zapatos. Cada uno de sus movimientos desencadena otros. Las cadenas tiran de los garfios, que reabren las heridas; la carne gime, las terminaciones nerviosas relampaguean. La danza de la sangre y el dolor. Y del placer. Todo mi ser se retuerce. Ante mis convulsiones Tarakh se ve obligado a aferrarse a lo que puede: cadenas, garfios, agujas, carne. Más dolor, más placer, más convulsiones. Adoro este círculo vicioso y la adorable, cruel torpeza de mi acólito.

Por fin llega a mi cabeza. Mantengo los ojos cerrados, pero sé que ha desenfundado el bisturí. Un parpadeo de tensión, de espera, y el filo hiende la piel justo bajo mi garganta. La sangre fluye, mezclándose con el sudor. El dolor me hace proferir una carcajada. Sí, duele. Creo regresar a las columnas, y al sabroso placer que me aportan. Placer y sabiduría, ahora escrita a fuego en mi piel.

Tarakh corta, arranca el tejido cutáneo revelando la masa adiposa inferior. Me convierto en una trémula montaña de sangre. Siento el contraste [...]

Published in:sabiduría |on 12 junio 2008 |No Comments »

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