Cuando el agua y el aceite se mezclan
-Al final ha ocurrido, señor. Empiezan a coordinarse.
-Despliega el holo, por favor.
Tras apartarse de la mesa, y con un gesto por completo teatral, Lobo activó el sistema holográfico. La luz se atenuó con lentitud hasta dejar la sala sumergida en tinieblas. Sobre la mesa apareció un punto de luz. Un parpadeo más adelante el punto se había convertido en un globo blanco y azulado, una representación a escala del planeta. A cierta distancia flotaba otra esfera, más pequeña y de superficie grisácea marcada de cicatrices y granos. Elric hizo girar su silla buscando una postura cómoda. Frente a él, en la cara oculta de le Luna, el espectro había dibujado dos manchas de color, una blanca y otra de un rojo brillante. Algo en ellas les daba un aspecto orgánico, hasta el punto de recordar amebas: enormes criaturas de movimientos adormecidos, extendiendo sus seudópodos más allá del lado oscuro del satélite. Un brazo de la ameba blanca acariciaba otro de la de color bermellón.
Apoyándose sobre la mesa, Elric estudió la imagen.
-Lo veo… ¿Realmente ha habido un encuentro físico, o sólo un acercamiento?
-Un contacto, señor. La red de satélites -el espectro hizo aparecer un enjambre de puntos orbitando la pareja de la Tierra y la Luna- nos confirmó hace tres minutos el encuentro de vórtices de sendos bandos. Las imágenes están en TR, con un retardo de apenas un segundo -la región de unión se amplió para mostrar más detalle. En efecto, se estaban tocando: parecía como si las amebas fueran líquidas y empezaran a fusionarse, una imposible mezcla de agua y aceite-. El encuentro se ha realizado de improviso. Esas dos concentraciones no existían diez minutos atrás. Se han materializado a propósito allí, en el área más inaccesible para nuestras tropas.
-Actúan con cautela, en terreno seguro. Nos tienen miedo -no se trataba de una pregunta.
Elric se levantó de su asiento y caminó en torno a la mesa, su atención centrada en la cada vez más compacta masa blanco-rojiza. Durante años había esperado y temido aquella situación. Sabía que llegaría en un momento dado, pero la certeza no la volvía más agradable. Había deseado que aquella alianza no se firmara hasta que hubieran transcurrido unos cuantos meses, pero los hechos allí estaban, irrefutables: aquella zona en la que el rojo y el blanco se mezclaban significaba que la guerra avanzaba a un nuevo estadio.
-Muestra el despliegue, por favor.
La pareja Tierra-Luna regresó, esta vez literalmente salpicada de colores. No había región, continente o isla sin puntos rotulados, y en torno a cada punto un área de influencia. Los frentes parpadeaban: eran escasos, y la evolución de la guerra predecía que se redujeran aún más.
Hasta ahora, pensó Elric, hasta ahora.
-¿Qué opinas, Lobo?
El espectro dirigió sus ojos amarillo y carmesí hacia su señor.
-Mi opinión no importa… y mucho menos a estas alturas de la contienda.
-¿Noto cierta acritud en tus palabras? -Una sonrisa empezaba a dibujarse en el rostro de Elric.
-No, ninguna. Sólo que sé cuál es mi posición, mis atributos y mis capacidades. Y soy conciente de que entre ellas no está el tomar decisiones.
Elric dio un golpe sobre la mesa:
-En efecto. Nadie mejor que yo conoce tus limitaciones: por algo yo te creé. Ahora quiero que me confirmes mi buen hacer: debes serme útil. Se avecinan tiempos muy duros; ha llegado la hora de que entres en juego con todas tus facultades. Y vas a empezar dándome la razón.
Esta vez le toco sonreír a Lobo.
-Curiosa manera de ayudar…
-No lo sabes tú bien. Pues sí, tu examen consiste en llevarme la razón, adivinando mis intenciones. Pensando como yo, o mejor. Dime: ¿qué paso debo dar?
El espectro no dudó:
-Convócala. Ahora.
Las palabras resonaron en la sala vacía.
-No me defraudas: de verdad piensas como yo. La llamaré. Empieza a rezar a tu querido Arioch.
Elric y Lobo estallaron en carcajadas ante la broma privada.
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