Sobreviviendo entre las ruinas
[…]del estornudo la acabó de despertar. Algo frío y húmedo rozaba su mejilla, algo que resoplaba pequeños bufidos impregnados de impaciencia. Sin ganas de atender esa llamada se revolvió en la cama, encarando la pared.Tap, tap. Dos pequeñas mazas almohadilladas golpearon su espalda, dos patitas que empezaron a zarandearla. Sabía lo que vendría a continuación. En efecto, un instante después ya notaba cómo trataban de quitarla el embozo: unos dientes tiraban del edredón; por su parte ella lo agarraba luchando por mantenerlo sobre su cuerpo. Todos los fines de semana la misma historia.
—Aun no… —murmuró adormilada. El ladrido agudo y corto que obtuvo por respuesta no aceptaba negativas—. Por favor, Daltonicio: es domingo. Déjame un poco más.
El pequeño perro, mezcla de pequinés con terrier (pendenciero y tozudo), no transigió y arremetió de nuevo contra las sábanas, tirando hacia abajo. Piki, sin ganas de pelear, cedió y soltó el edredón. En un santiamén estaba destapada, solo con su delgado pijama como protección ante el frío que reinaba en el cuarto.
—¡Eh! ¿Quién ha dejado abierta la ventana? ¡Me estoy congelando!
Tiritando trató de arroparse de nuevo, pero el perro ya estaba corriendo por el cuarto con el edredón agarrado a la boca. El animal, sintiendo el tacto liso y suave de la tela bajo sus patas, saltaba lleno de alegría; retorcía el edredón sin parar, tirándose al suelo y enrollándose hasta el punto de parecer envuelto en un saco de dormir. Presa de la excitación, de vez en cuando soltaba un ladrido corto y agudo; al hacerlo se le escapaba de la boca la tela, pero de seguido se abalanzaba sobre ella con nuevas energías.
Como ya no tenía nada con lo que cubrirse Piki optó por levantarse. Con ojos legañosos, mirada perdida y movimientos rígidos salió de la litera.
La ventana, se recordó, debo cerrar esa maldita ventana. Como agarre a la idiota que la ha dejado abierta se va a enterar, la muy…
Palpó el poste buscando su bata pero, para variar, allí no estaba. Con irritación creciente se calzó las zapatillas (éstas sí estaban en su sitio) y caminó hacia la ventana. Aquellos escasos dos metros parecían un campo de batalla: almohadas en el suelo, calcetines abandonados, alguna camiseta, varios juguetes de los perros, una pila caída de revistas… Pensó que no habría mucha diferencia entre ella y la superviviente de un huracán, andando desorientada entre las ruinas que éste había dejado a su paso.
—¡Hola, guapa! —saludó alguien al otro lado del patio.
Mierda, pensó Piki, ya está aquí el pesado de Miguel.
—Tú sí que eres un paisaje, y lo demás cuento.
Al otro lado del patio, a escasos tres metros, se asomaba Miguel a la ventana de su cuarto. Poco mayor que ella, poseedor de un carácter chulesco que mal disimulaba su condición de machista, bocazas y salido, ni Piki ni sus hermanas le soportaban. Como ejemplo se podían tomar sus ‘alardes’ sexuales: cuando sus padres escapaban de fin de semana fuera de casa (algo que eso bastante sucedía a menudo) solía llevarse sus ligues a su cuarto. Una vez allí dejaba la ventana entreabierta de tal manera que sus gemidos pudieran oírse por todo el patio. A la mañana siguiente solía esperarla para saludarla con una mirada que decía ‘si te agarro te ibas a dar yo algo bueno‘. La noche anterior no habían tenido que disfrutar ese espectáculo sonoro, pero aun así poseía esa misma mirada: intensa, hambrienta hasta el punto de casi parecer amenazadora.
De repente Piki se dio cuenta de que sólo vestía la parte superior del pijama, que apenas la cubría las nalgas; para colmo de vergüenza se percató de que con el frío sus ya grandes pechos ahora estaban adornados por los pezones erizados, silueteándose desafiantes en el tejido. Ahí estaba el origen de la lujuriosa alegría de Miguel.
—¡Joder, eres un cerdo!
—¡Oink, oink! -respondió él, sonriente.
Piki se abalanzó sobre la persiana, haciéndola bajar con brusquedad. La risa[…]
¡Necesito cafeína para seguir!Responses are currently closed, but you can trackback from your own site.












